En
bici por los lugares más fríos del mundo
Para sentir frío no hace falta ir al Artico, ya que se puede sufrir
de hipotermia sin necesidad de que el termómetro baje de C 0º.
Alcanza con una temperatura de C 10º y una lluviecita. Sin embargo,
aunque el termómetro marque varios grados bajo cero y estemos en
peligro de morir congelados, podemos pedalear sin sentir frío.
Si nos dirigimos a Nordkapp en verano, cruzando el Artico, con un poco de
suerte llegaríamos con C 5 ó 10º y sol durante las 24
horas, al punto extremo norte de Europa, ubicado a los 72º de latitud
norte (en el Hemisferio Sur la latitud equivalente estaría a unos
1000 km. al sur de las bases antárticas argentinas). Si hiciéramos
esta travesía en invierno, las condiciones cambiarían considerablemente.
Tendríamos que administrar nuestro esfuerzo para regular la temperatura
eficazmente.
En la Patagonia
En Argentina se pueden encontrar casi todas las condiciones climáticas
y geográficas. En lo que podríamos llamar "país
de los cinco continentes", podés obtener un buen entrenamiento
y la capacitación adecuada para luego enfrentar situaciones más
difíciles.
En la Patagonia, el clima puede ser frío sin llegar a ser extremo,
pero el viento hace que las condiciones sean verdaderamente hostiles y que
la temperatura baje varios grados por debajo del cero. Los pésimos
caminos de ripio de la ruta 40, intransitables debido a los violentos empujones
del viento, hacen que uno se sienta solo en la interminable distancia que
separa los pueblos entre sí. En esas circunstancias, uno descubre
el poder de la voluntad, necesario para levantarse de cada tropezón,
y aprende a agachar la cabeza y superar obstáculos que, con paciencia,
son sólo cuestión de tiempo.
Recuerdo el desértico tramo de Bajo Caracoles a Tres Lagos, 340 km.
Santa Cruz, sin ninguna población, acampando a la noche sobre la
ruta 40 con mi carpa llena de rocas para que no se volara... Un viento con
el cual me resultaba trabajoso mantener la bici parada al detenerme. Recuerdo
la sorpresa que me causó un hospitalario señor que quiso tentarme,
camino a Río Mayo, al esperarme con las puertas de su camioneta abiertas.
Me despedí de él quedándome acostado con el insuficiente
reparo de mis alforjas, saboreando las dos naranjas que me dejaba y viendo
como el viento robaba mi pan...
¡Etapas de 170 km., con la cabeza gacha, tratando de pegarme al piso
y mantener el equilibrio durante más de catorce horas para hacer
promedios de 11 km. por hora! Todo esto bajo la constante bofetada de un
viento con el que finalmente me amigaba y con los guanacos como curiosos
espectadores que advertían su mimetizadora presencia con misteriosos
silbidos o relinchos.
¿Qué decir del resbaladísimo hielo? En tramos como
el de Calafate - Glaciar Perito Moreno me encontraba, en el final de los
descensos, con vados en los que a veces el hielo se quebraba. Esto significaba
una brusca caída...
En Paso Garibaldi (Tierra del Fuego), el hielo, lavado por una tenue lluvia,
me impedía caminar sin resbalar, y debía buscar la nieve para
avanzar en una esforzada pero posible marcha.
La Patagonia fue, verdaderamente, una buena maestra. La admiro no sólo
por su dureza, sino también por su belleza, y a veces la extraño.
Pero ante todo fue la prueba que me permitió afianzar mi gusto y
convicción por encarar aventuras de difíciles características.
Una convicción sin presión, que parte del gusto indefinible
por encarar desafíos, es el ingrediente más importante que
se necesita para enfrentar y realizar proyectos difíciles. Por suerte,
este ingrediente mágico no se vende. Y no se puede comprar con una
bicicleta súper sofisticada. ¡La bici es linda porque, gracias
al "entusiasmo que no se congela", se puede llegar a casi cualquier
lugar!.
Alaska
(USA) - Yukon (Canadá)
Durante el otoño-invierno de 1995, continuando con mi iniciación
patagónica, me enfrenté a condiciones que parecían
totalmente inapropiadas para pedalear. A lo largo del recorrido de Alaska
a Yukon no extrañé los fortísimos vientos patagónicos
y pude disfrutar de interminables bosques que me protegieron mientras
dormía a la intemperie, ante el alucinante espectáculo de
la aurora boreal. Pude soportar las temperaturas de C -20º gracias
a la buena calidad de mi bolsa de duvet "made in Argentina",
que cada mañana debía sacudir para sacar el hielo acumulado.
En esa ocasión, tenía la expectativa de que los caminos
se cubrieran totalmente de nieve y no pudiera avanzar.
En el interior de Yukón luego de pasar por White Horse, las temperaturas
descendieron mucho más que en Alaska: las nevadas no me perdonaron
y todo se hizo mucho más difícil. Las únicas ventajas
eran que no me picaban los millones de mosquitos ni me molestaban ninguno
de los 15.000 osos del Yukón, de los que me hubiera tenido que
cuidar en verano.
Travesía
de Canadá en invierno: lo más difícil
(28 etapas nevadas, 35º C bajo cero, 67º C bajo cero de sensación
térmica)
En la vuelta al mundo del '96, luego de haber cruzado toda Asia, volé
a Pekín a Vancouver para enfrentarme al durísimo invierno
de uno de los lugares más helados del planeta. Pisar de vuelta
tierra canadiense (la mayoría del tiempo fue hielo) y reencontrarme
con uno de los países que más quiero me produjo una enorme
satisfacción, acompañada del sentimiento de triunfo de haber
podido con el exótico oriente. Ese sentimiento triunfal me permitía
estar psicológica y espiritualmente fuerte para encarar un desafío
que el año anterior me había espantado un poquito y, en
ese momento, parecía relativamente fácil.
En
British Columbia: cruzando las Rocky Mountains
El 19 de diciembre empecé desde Vancouver, con mucho optimismo...
Cuando apenas había recorrido 75 km. se hizo de noche y la policía
me advirtió que debía salir de la ruta por la gran cantidad
de nieve que caía y el peligro que significaba. En la jefatura
de policía, un veterano me dijo que el tiempo no mejoraría
hasta la primavera y que en esas condiciones era imposible andar en bicicleta.
¡Terminó ofreciéndome su casa para que esperara hasta
marzo o abril!
En mi segundo día de pedaleo, tuve que colocar cadenas en las cubiertas
para poder pedalear en la nieve u no resbalar en el hielo. Cruzar esas
montañas significó tener que ascender varios puertos de
primer nivel, con trepadas de 35 a 40 km. El más difícil
fue Roger´s Pass. Mientras subía, me mantenía calentito
y debía evitar transpirar ya que cuando llegaba a los más
alto disminuía el esfuerzo y la transpiración se congelaba
rápidamente. En el descenso, a veces se me formaban placas de hielo
en el pecho. En esos momentos, tomar velocidad podía resultar mortal,
no sólo por el peligro de patinarme, sino por el de morir congelado.
¡Había que resisitir el congelamiento de pies, manos y cabeza
regulando la velocidad y rogando que la subida viniera pronto! ¡Era
más agradable bajar a 15 que a 50 km/hra, y aún más
placentero subir a 10 km/h! La velocidad no contaba, ¡cuánto
más lento, mejor! De eso dependía la vida...
Un mes atrás, al cruzar la helada provincia de Quingai, en la meseta
tibetana, con temperaturas de C -22º y varios grados menos de sensación
térmica, había pagado las consecuencias de tener un único
y chico par de zapatillas, que no me permitía usar más que
un fino par de medias sin que la presión me cortara la circulación.
Los cubrezapatillas de neoprene y la media de lana que colocaba encima
eran insuficientes. ¡No había forma de mantener mis pies
calientes! Producto de esto, sufrí principio de congelamiento.
Recuerdo que debía alternar el pedaleo con caminatas, en las que
dolorosamente recuperaba la sensibilidad en los pies. En Canadá,
algunos de mis dedos habían perdido la sensibilidad, que recuperé
a costa de luchar con masajes todos los días.
Mis zapatillas fueron totalmente inútiles e inservibles: la traba
metálica transmitía mortalmente el frío al pie. Por
eso, tuvieron que ser reemplazadas por un par de botas gruesas y dobles,
especiales para el frío, dentro de las cuales podía mover
constantemente los dedos y generar calor.
"Iceman"
¡Todo se congelaba! La capacidad de mis termos era insuficiente
para transportar el agua, y la distancia de un pueblo a otro era larguísima
(Canadá es un país inmenso y tiene una población
de sólo 27 millones). En ocasiones, usé el "camel back"
(mochila para transportar agua) entre la ropa, pero luego de chupar por
la manguerita, el agua se congelaba y tapaba el conducto. A pesar de que
la manguerita iba enrollada en el pasamontañas y la cogotera.
Instantáneamente, el vapor que exhalaba al respirar se congelaba
y soldaba mi barba con hielo al pasamontañas, formando estalactitas
que me colgaban hasta el pecho. Para descongelar el hielo, que no me permitía
bajar el pasamontañas para comer, tenía que usar agua caliente.
Las estalactitas de mi barba eran cosa de todo los días. El vapor
tampoco llegaba a salir de mi última campera, se congelaba y se
endurecía. Las antiparras se empañaban, y al congelarse
me impedían ver. En ocasiones en mis pestañas se formaba
una cortina de hielo.
Cuando nevaba mucho, la visión se hacía pésima y
los autos despistados eran una advertencia del camino patinoso y peligroso.
La advertencia no era escuchada y la marcha continuaba...
Un día, mientras esforzándome abría huella por la
nieve de la banquina, producto de mi imprudencia y de la fatalidad, fui
atropellado por una camioneta que rompió mi rueda trasera. El 31
de diciembre en Banff, festejé que estaba vivo, el fin de año
y mi cumpleaños número veintiocho.
A partir de ese día, tuve que incrementar la atención al
máximo. No se trataba sólo de prestar atención a
la parte más transitable y con menos nieve del camino, sino también
de fijarme en los autos que venían de frente y de atrás
a través de mi espejito en el casco. Las bandas refractantes en
la bici; mi chaleco; también refractante, y mis pedales destelladores
ayudaban para que no me pisaran.
En ese frío país, era bueno encontrarse con gente cálida
y hospitalaria, que se acercaba para ofrecerme alojamiento, asombrados
por mi audacia y entretenidos con mis historias, casi siempre querían
retenerme más días. Yo la pasaba bien, me enteraba de cosas
de este país y hacia amigos con los cuales era una tentación
quedarse... Hubiera sido muy fácil quedarme descansando con ellos,
pero en toda la travesía me detuve sólo en Regina, donde
también hice buenos amigos y recibí equipo y la necesaria
asistencia para mi bici Rocinante. El hecho de no detenerme ni demorarme
demasiado en cada lugar favorecía mi aclimatación a las
durísimas condiciones climáticas.
En ese país donde todo era blanco, descansaba mi vista y recibía
el calor de los vivos colores de la bandera española que llevaba
en el frente de mi bici para recordar a mis amigos y a la gente que me
esperaba en España. La bandera argentina también tenía
su presencia, aunque sus colores se apagaban con la nieve.
En
el interior de Canadá
El clima frío continental de la provincia de Saskatcheawan hace
que la temperatura baje a C -35º y los vientos de 60 km/h llevan
la sensación térmica a C -70º. Algunas ciudades tienen
nieve durante ocho meses al año. La gente que vivía en ellas
me preguntaba si estaba loco. Yo respondía que si estuviera loco
habría muerto hace tiempo y que mi estado era de lucidez y atención
a cada momento ya que de ello dependía mi vida.
Sólo es posible resistir las durísimas condiciones del "helado
país blanco" por un tiempo, hasta que uno sucumbe a su dureza.
Pero para atravesarlo durante casi dos meses, es necesario adaptarse hasta
el punto en el cual las condiciones más duras no se perciben como
agresivas y se disfrutan como bella, descubriendo en la monótona
blancura mágicas combinaciones de sueños y colores.
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